Nueve años atrás visité por vez primera San Francisco El Alto, un espacio histórico y colmado de magia ancestral que, entre sus gracias, cuenta con una de iglesia católica que puede catalogarse entre las muestras arquitectónicas de la Época Hispánica más impresionantes de las Tierras Altas.
Frente al templo, los días de plaza llega un gentío procedente de los municipios circundantes (tanto de Totonicapán como de Quetzaltenango) a vender granos básicos, productos de la hortaliza, tejidos de maquila local, ponchos de Momostenago, enseres de plástico, aluminio y barro, variedad total de chachales y mercadería pirateada, asfixiando el kiosko (que siglos antes era fuente) y conviritendo el sector en un bullicioso mercado que termina, cuadras abajo, en un mercado de animales donde se puede comprar (o trocar) desde un loro hasta una vaca.
Del viaje efectuado a finales del 2009 salen estas imágenes de la plaza del atrio donde se intala el mercado y del campanario que corona el templo.
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miércoles, 10 de febrero de 2010
lunes, 11 de enero de 2010
De riscos, iglesias y mercados (parte 1)
Totonicapán, en la mayoría de mis viajes, pasa desapercibido. Más allá de La Concordía (aldéa de la cabecera con entrada por Nahualá, Sololá), llegar a los municipios de este pequeño deparamento es un tanto complicado, un poco por los accesos y otro poco por la imagen que presentan los periódicos e informes sociales acerca de la conflictividad de estos territorios. Aún así, en tiempos del conflicto, mis padres me llevaron a los riscos de Momostenango en mil novecientos ochenta y seis, con todo y los riesgos que implicaba el toparse con los puestos de asalto (de cualquiera de los dos bandos enfrentados) y con aquellos caminos angostos y llenos de barrancas.
Los recuerdos de aquel viaje llegan a mi memoria entrecortados, la mayoría de ellos refiriendo el paisaje y a mis hermanos. Veintitrés años más tarde, para culminar el recorrido de diciembre, el camino lleno de ganchos, entre paredones inmensos y asfalto malogrado finalmente me llevó de vuelta a la tierra del poncho donde los riscos siguen viendo pasar el tiempo, sufriendo por la erosión y dejados al abandono desde que fueron eliminados, quien sabe por qué, del circuito turístico del Altiplano.
Estas formaciones de tipo sedimentario constituyen una huella del inclemente paso del tiempo que va desecando el suelo, formando una serie de salientes de talpetate y arenisca que permiten apreciar los estratos que marcan períodos de actividad geológica en la meceta norte de la cordillera volcánica.
La visita incluyó un paso rápido en los corredores del Palacio Municipal, una compra de manzanas de semilla local en la plaza establecida frente al atrio de la iglesia y un vistazo al interior del templo. De todo esto, dejo acá algunas fotografías que cuentan esta remembranza con voz propia.
Los recuerdos de aquel viaje llegan a mi memoria entrecortados, la mayoría de ellos refiriendo el paisaje y a mis hermanos. Veintitrés años más tarde, para culminar el recorrido de diciembre, el camino lleno de ganchos, entre paredones inmensos y asfalto malogrado finalmente me llevó de vuelta a la tierra del poncho donde los riscos siguen viendo pasar el tiempo, sufriendo por la erosión y dejados al abandono desde que fueron eliminados, quien sabe por qué, del circuito turístico del Altiplano.
Estas formaciones de tipo sedimentario constituyen una huella del inclemente paso del tiempo que va desecando el suelo, formando una serie de salientes de talpetate y arenisca que permiten apreciar los estratos que marcan períodos de actividad geológica en la meceta norte de la cordillera volcánica.
La visita incluyó un paso rápido en los corredores del Palacio Municipal, una compra de manzanas de semilla local en la plaza establecida frente al atrio de la iglesia y un vistazo al interior del templo. De todo esto, dejo acá algunas fotografías que cuentan esta remembranza con voz propia.
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