Ciudad de Chimaltenango, puerta del occidente del país.
Si hay algún lugar sobre la tierra que puede causarme sentimientos encontrados es este, todo depende de la dirección en que vaya, aunque por lo general es un alivio, sobre todo andando en bus, viniendo del oeste porque es acá donde sé que he sorteado la región de asaltos demarcada entre Sololá y Zaragoza, Chimaltenango (Pasando por Los Encuentros, Las Trampas, Chupol y Cipresales) y, haciendo el camino a la inversa, porque veo la Ciudad cada vez más lejos y, por ende, mi casa más cerca.
Acá se quedó mi abuelo Armando, cerca de la plaza de Santa Ana, de su último viaje (ese que no tiene retorno) tuve noticia meses después de acaecido el deceso. Aún cuando llego me pesa su ausencia y esa es otra de las razones por las que preferiría seguir de largo, pero los motivos me sobran para quedarme y dar la vuelta por la plaza, caminar alrededor de la fuente (entre las más antiguas de Guatemala) y ver a esos dragones que nadie mira, esos que en realidad son gárgolas con efigie de pájaro, o andar hacia la Interamericana, cruzar y dirigirme hacia la Alameda y recordarme que ando sobre los restos de un acueducto del siglo XVIII que, como tantas otras cosas, quedó enterrado para eterna memoria.
La Ciudad Amurallada o Cerro de Las Rodelas es también, por ratos, mi casa, es el inevitable camino del oeste, es la historia detenida...
