sábado, 18 de septiembre de 2010

Poniéndome al día: Los viajes bajo la lluvia


Estas fotografías de cielo gris, de un agosto que fue de ida y vuelta evocaron los retorcidos y, a veces, gratos días del colegio. Iniciamos la odisea en San Pedro Carchá, adonde fuimos Pepe, Roberto y yo para acompañar la caravana de las Reliquias de San Juan Bosco (fotos 2 y 3). Una semana después, nuevamente Roberto y yo, pero esta vez en compañía de Ricardo Mendoza y su novia, caminamos bajo la llovizna perenne en Parramos y Pastores y Antigua (fotos 1 y 4).

En una entrada anterior comentaba acera de la forma como percibo los temporales en este presente incierto. Hoy, sin cambiar de opinión y tratando de sobrellevar un cuadro depresivo de mi lluviosa existencia (nótese el tono de tragedia griega) presento de nuevo imágenes del interminable invierno del 2010, que de bueno trajo estos viajes entre nubes y precipitación pluvial.

 

Entre la la musica y la historia 1: Sexta Virgada

Creo que a Fernando no le veía desde el incidente aquel en Sacapulas, cuando, por poquito, teminamos siendo el churrasco de la tarde. Luego de la sesión de conferencias del jueves 2 de septiembre, el supraescrito nos invitó a escuchar a una banda local que tocaba en un antro, ya antes visitado, en la siempre hospitalaria Santa Tecla. Estos músicos alegres e irreverentes, que responden al nombre de "Sexta Virgada" (fotografías al inicio del post), resultaron ser todo un espectáculo musical, con un manejo de público interesante y un estilo que puedo definir como un híbrido del NuMetal californiano con el rock de camioneros argentino y un toque indiscutiblemente guanaco. Salí de aquel bar apestando a cigarrillo y con un agradable retorno de la memoria a los días del Rock de Montaña en Guatemala, del tiempo cuando las bandas nacionales creaban obras de arte con sentido social... 

En contraposición, la noche del sábado, en compañía de Félix y Edgar (procedentes de la república del águila y la serpiente), contando con la acostumbrada guía de los Tlatoanis de Santa Tecla: Raúl y Crespín, llevamos a cabo un recorrido por las renovadas calles peatonales del Centro Histórico, deliberando acerca del heredero de los Habsburgo, un tal Maximiliano que, según fuentes bien informadas, no murió fusilado en México y reapareció en tierras salvadoreñas bajo el pseudónimo de Justo Armas, charla que luego tornó hacia las frutas deshidratadas y la manera de cantar el idioma español de los visitantes mexicanos.


Y de nuevo, la visita al vecino del oriente, resultó ser una jornada histórica, llena de pupusas, música, mareros, busetas, arte rupestre, dialectos, caminatas....

Las fotos  tercera y cuarta corresponden, en su orden, a una de las iglesias más antiguas de Santa Tecla, misma que tiene los días contados ante la falta de visión de la parroquia y las autoridades locales; la siguiente presenta al señor Ismael Crespín, en el kiosko de su pequeña ciudad.

Salú..

jueves, 22 de julio de 2010

Laguna de la Presa Caliente


A Pepe y Roberto

Como parte del cursillo acelerado de mecánica automotriz llevado a cabo durante los días de viaje en el oriente de Guatemala, los argonautas de aquel par de días de percances tomamos un módulo extraordinario de localización de recursos hídricos para enfriamiento de radiadores y, cuando ya iniciábamos la caminata hacia la laguna de Ipala (aún a más de una hora del punto donde nos habíamos quedado varados), algunos pobladores locales nos insistían en la existencia de una presa en el terreno contiguo al punto donde nuestro habíamos estacionado el carro. Y que Pepe y yo nos lanzamos a la búsqueda de la dichosa presa, hasta que, hartos de buscar alguna señal de agua corriente entre las plantaciones de maíz y banano, decidimos volver al camino y retomar la idea de llegar al cráter del volcán... y de nuevo los campesinos detubieron el impulso y nos convidaron a sacar agua de la mentada presa que, no habiendo peor siego que el que está mal informado, encontramos a escasos 300 metros del cerco a la par del vehículo, pero con la novedad que no era una presa sino una laguneta misma que, tras una disertación científica de alto nivel, fue bautizada como Laguna de la Presa Caliente, en honor a las voces locales, del clima local y del estado del radiador que nos llevó a detenernos en aquel punto recóndito. Allí vimos el primer atardecer del viaje...

Güija y Atescatempa (también al levante)


Recuerdo que desde que estaba en el colegio mis maestros me hacían localizar, en los mapas de lineas azules o verdes, los lagos y lagunas de este país, incluyendo los de Jutiapa, que para la mayoría de los capitalinos, pasan desapercibidos. En aquellos dorados tiempos no tube la oportunidad de conocer el oriente de mi país y, bueno, la curiosidad un poco y la inquietud surgida de cada trayecto hacia San Cristóbal Frontera, me hicieron aprovechar la oportunidad que planteo Roberto Echeverría, para visitar algún área poco explorada de Guate, marcando el rumbo más al este en el lago de Güija adonde paramos yendo en dos ocasiones.
Gracias a Marielba, hacía unos cinco años conocí dicha cuenca del lado salvadoreño, sector interesantísimo en especial por la presencia de los petrograbados de Igualatepeque, pero me quedaba pendiente conocer la porción que corresponde a mi paisito.

Y en estos recorridos llegamos a ver dos playas distintas en este cuerpo lacustre. Durante la primera gira visitamos la playa pública que está justo al final del asfalto (imagen inmediata superior) y acá conocimos a don Edwin, un pescador artesanal que nos dio la bienvenida a la zona y nos contó un poco acerca de las crecidas que últimamente a tenido el lago y de las modalidades de la pesca local.
A la segunda vuelta llegamos a un área privada conocida como San Juan la Isla (imagen inmediata superior), sector donde esperamos hasta que el sol diera sus primeros pasos en el cielo guatemalteco. El espectáculo, por demás esta decirlo, fue sublime. Fue como ver nacer la luz sobre un espejo de plata, solitario, apacible y lleno de expectativas por el inicio del segundo día de recorrido entre los cuerpos lacustres del oriente.

De nuevo en la ruta, en dirección hacia la frontera, visitamos la laguna de Atescatempa (primera y última imágenes de este post), que algunas veces en verano se convierte casi en una charca y resurje con las primeras lluvias, siendo lo más impresionante que, en conjunto con el caudal, retornan los peces, aún cuando no existen afluentes en esta micro cuenca.
En esta segunda locación el viaje fotográfico encontró un paisaje impresionante de lago que descansa a las faldas del volcán Las Víboras y donde vaqueros y pescadores cumplen con la faena diaria.

 

En la Frontera del Levante


Me parece curioso como los extremos opuestos, en este caso, del territorio, pueden albergar lugares que en su contrastante realidad pueden maravillar a cualquier ser humano que sienta apego a la naturaleza. y lo contrastante va más allá de la diferencia en la cobertura boscosa, también abarca esa realidad que se vive en la ciudad y que, en las fronteras, pasa más que desapercibida.

En los últimos días, en compañía de Pepe y Roberto, realizamos dos viajes hacia el Lago de Güija y el resto de cuerpos lacustres de Jutiapa, descubriendo un mundo aparte, cálido, lleno de paisajes impresionantes y de gente que extiende la mano al paso del visitante. También nos acompañaron zancudos, vacas y problemas mecánicos, sin que ninguno de estos factores alterara la magia de visitar una serie de espejos plateados, de mínimas dimensiones, como tanta cosa que en guate asemeja una maqueta del mundo.

Y cada uno de estos laguitos tiene su encanto particular comenzando, de sur a norte, por Nisguaya (foto inmediata superior), una laguna de sabana rodeada por pastizales, en cuyo acceso fuimos abastecidos de agua para aplacar la sed por la señora de la casa patronal de la finca ganadera que permite el acceso a este lugar. Acá fuimos perseguidos por una vaca que cuidaba de sus terneros y atacados por una jauría de chuchos que parecían de buena raza y que, por ende, no eran de fiar, así que optamos por asustarnos, caernos y reírnos, apreciando aún más lo bella que es la vida en estas campiranas regiones.

En el mismo paralelo, nuestra misión tubo un desenlace a pedir de boca: un atardecer caminando por la meseta que separa La Encantada  y El Comendador (fotos 3 y 1 en orden de arriba para abajo). Estas dos lagunas deben ser el paraíso, precedidas por una comunidad de pescadores y labriegos del campo que viven al mismo ritmo del vaivén del agua, nos invitaron a no marchar jamás a disfrutar la puesta de sol y luego, olvidar que al oeste una ciudad caótica nos esperaba con ruido, humo y granadas en los buses nuevos...

viernes, 25 de junio de 2010

Durante los días del agua

Desde niño, siempre guardé un sentimiento especial por los días lluviosos. Los días de mayo a septiembre al retorno del colegio los disfrutaba entre las aguas que formaban ríos que a mi parecer eran enormes y que corrían paralelos a las banquetas, ríos que franqueaba con mucha destreza, dejando los zapatos empapados y el ímpetu de niño enaltecido por haber culminado victorioso el aventurado camino a casa.
El llanto del cielo me acompañó en los viajes más gratos de mi vida: en mi primer ascenso al Pacaya, durante los dos días en Tarrales con mis con mis hermanitos espirituales, aplacando también el desventurado calor del Petén y durante mis tantos recorridos por las calles de Xela y la carretera a San Marcos. Y así tengo tan gratos recuerdos de inviernos copiosos, incluyendo mis cumpleaños en la playa acompañados del puntual chubasco de cada noveno mes.
Ahora en cambio, el agua y el viento hacen tremendos destrozos y la tierra parece no aguantar más, se desmorona bajo el asfalto, se lleva casas y gente, provocando un sentimiento encontrado en quienes le guardamos tan entrañable cariño a la temporada de lluvias. Y así, un poco por autopreservación, otro poco por nostalgia, estos últimos años he optado por quedarme guardado observando las tormentas por la ventana mientras espero que amaine para salir a disfrutarme los dejos últimos de llovizna que compenzan en parte aquella necesidad de purificar el alma con el agua bendita de cada invierno.

domingo, 6 de junio de 2010

San Miguel Escobar

Un lugar bastante remoto, inclusive estando allí, cerquita de la Antigua Guatemala: así es como puedo referirme de San Miguel Escobar, aldea que visitamos el fin de semana con Edgar, Fernando, Fili  y compañía. Por vez primera tenían mis pies el gusto de tocar el suelo de este poblado, aunque la situación no fuese la idónea, pues ha sido el daño causado por la tormenta Agatha la razón para acercarnos a esta comunidad que, entre todo el desastre, ha presenciado la buena fe demostrada por los vecinos que viven en las áreas urbanas circundantes y de aquellos del área rural que, aún estando en condiciones similares, han llevado su pala y su hazadón para despejar las calles que dan muestra de la altura alcanzada por el lodo que ha descendido por las faldas del Junajpú.
Las imágenes que acompañan este recuadro de la memoria dan cuenta de la calamidad y de la belleza implícita en el trabajo de hormiga que realizan los guatemaltecos para volver a tenerse en pie.